Miles de personas intentan atravesar cada año el canal desde las costas francesas, aunque los cruces en pequeñas embarcaciones disminuyeron un 43% hasta agosto. El mayor despliegue policial, financiado en buena parte por Reino Unido, busca contener las salidas, mientras los traficantes modifican sus métodos y las rutas utilizadas.
Una tarde cálida y sin viento del mes pasado, alrededor de 40 migrantes africanos se concentraron en una parada de autobús de Dunkerque, en el norte de Francia. Muchos llevaban bolsas de plástico con chalecos salvavidas, mientras una pareja que viajaba con niños pequeños intentaba avanzar con un cochecito hasta que finalmente decidió dejarlo a un costado del camino.
El grupo había salido de un campamento precario ubicado en la zona industrial de la ciudad y se dirigía hacia una de las playas de Dunkerque, un lugar cargado de historia por haber sido escenario, durante la Segunda Guerra Mundial, de la evacuación de tropas británicas mediante pequeñas embarcaciones.
Esta vez, el objetivo era diferente: llegar hasta la costa para abordar una embarcación y cruzar el Canal de la Mancha con destino al Reino Unido.
Sin embargo, el intento terminó antes de llegar al agua. Cerca de la costa, los migrantes fueron rodeados por efectivos policiales después de haberse refugiado en un invernadero agrícola. Permanecieron durante horas en la oscuridad, pero el despliegue de más agentes en la zona de playa terminó impidiendo que alcanzaran el mar.
Este tipo de enfrentamientos entre las autoridades francesas y quienes intentan cruzar el canal se convirtió en una escena habitual en la región. Desde la década de 1990, los cruces clandestinos hacia Reino Unido representan un desafío político persistente y una fuente de tensión entre Londres y París.
Menos cruces, pero una ruta que sigue activa
Los datos oficiales británicos muestran una reducción significativa de los cruces en pequeñas embarcaciones. Hasta agosto de este año, unas 16.500 personas habían llegado al Reino Unido por esta vía, frente a aproximadamente 29.000 durante el mismo período de 2025. La caída alcanza el 43%.
Funcionarios franceses atribuyen parte de esa disminución al incremento de la presencia policial en las costas, un despliegue financiado en buena medida por el Reino Unido.
“El fortalecimiento de la cooperación franco-británica, relanzada en la lucha contra la inmigración irregular en el Norte, está dando sus frutos”, escribió el ministro del Interior francés, Laurent Nuñez, en las redes sociales el mes pasado.
Pero la reducción no significó el final de los cruces. Al día siguiente del operativo que impidió la salida desde Dunkerque, cerca de 500 personas llegaron a Inglaterra en pequeñas embarcaciones. Algunas tuvieron que ser rescatadas porque no lograron subir a los botes. Un día después, un hombre murió durante un intento de atravesar el canal.
Además, aunque los niveles actuales son inferiores a los registrados el año pasado, continúan muy por encima de los existentes antes de la pandemia.
Las cifras muestran la dificultad de controlar una ruta migratoria mediante el despliegue policial. Según expertos en migración, las patrullas pueden reducir los cruces, pero difícilmente consiguen eliminarlos por completo. Las condiciones meteorológicas, la situación de los solicitantes de asilo en otros países europeos y la evolución de conflictos internacionales también influyen en las decisiones de quienes buscan llegar al Reino Unido.
Los traficantes modifican sus métodos
El aumento de los controles también llevó a los traficantes de personas a cambiar las estrategias utilizadas para evitar a las fuerzas de seguridad.
Los grupos dedicados al traslado de migrantes cobran varios miles de euros por cada cruce y comenzaron a utilizar diferentes playas y nuevas modalidades para el embarque. Entre ellas aparecen los denominados “taxis acuáticos”, embarcaciones que recorren la costa y recogen a los pasajeros cuando ya se encuentran en el agua, una situación que dificulta la intervención policial.
Elsa Faucillon, legisladora francesa que elaboró un informe crítico sobre las políticas desarrolladas por Francia y Reino Unido para frenar la migración a través del canal, reconoció la caída de las cifras, aunque cuestionó el efecto del mayor despliegue policial sobre la seguridad de los cruces.
Según Faucillon, el incremento de las patrullas puede hacer que los intentos sean más peligrosos. La legisladora sostuvo que algunas personas pueden intentar cruzar ocho o diez veces hasta conseguirlo, mientras que otras podrían morir durante el proceso.
Nuñez, por su parte, afirmó este verano ante el Parlamento que el objetivo prioritario de la Policía es “salvar vidas humanas”, evitando que las personas ingresen al agua.
El caso de un migrante que intentó cruzar tres veces
Hafez Abdul, un joven eritreo de 23 años, conoce de cerca los riesgos de estos intentos. El mes pasado estuvo cerca de morir durante su tercer intento de atravesar el canal, cuando el bote inflable en el que viajaba junto con más de otros 160 migrantes se incendió.
El episodio puso nuevamente el foco sobre el uso de los llamados megabotes, embarcaciones empleadas por los traficantes que permiten trasladar a una cantidad de pasajeros mucho mayor que los botes utilizados anteriormente.
“Fue aterrador, y juré que era la última vez que intentaba cruzar”, contó Abdul.
El joven explicó que había abandonado Eritrea para evitar el reclutamiento. Después atravesó Sudán, viajó en avión hasta Rusia y continuó su recorrido por Bielorrusia, Letonia y Bélgica hasta llegar a Francia.
Según relató, solicitó asilo en Francia, pero su pedido fue rechazado. Bajo las normas de la Unión Europea, debería haber permanecido en Letonia y solicitado allí protección, debido a que ese fue el primer país del bloque por el que ingresó.
Ahora teme ser deportado a Letonia y sostiene que por esa razón quiere llegar al Reino Unido.
“No quiero nada más que seguridad, estabilidad y protección”, afirmó.
Durante su permanencia en Francia, Abdul acudía a un refugio administrado por la organización católica Secours Catholique. Allí podía cargar su teléfono, recibir alimentos y jugar al fútbol con otros migrantes.
Según Léa Biteau, directora del centro, hasta 800 personas llegan diariamente al lugar. La mayoría son hombres jóvenes que huyen de la guerra civil en Sudán.
Biteau también señaló que en los últimos meses apareció un nuevo perfil entre quienes llegan al refugio: personas que habían obtenido asilo temporal en Alemania y comenzaron allí una nueva vida, pero posteriormente no lograron renovar su protección. En algunos casos, incluso se escucha a niños migrantes hablar alemán mientras sus padres se comunican en árabe.
Reino Unido busca desalentar los cruces
Para Abdul y para más de 2.000 personas que viven en campamentos precarios a lo largo de la costa francesa, Reino Unido aparece como una alternativa de último recurso.
Algunos migrantes consideran que permanecer en territorio británico puede resultar más sencillo porque el país dejó la Unión Europea y, según esa percepción, tiene menos posibilidades de deportar rápidamente a decenas de personas hacia otros Estados del bloque.
Al mismo tiempo, el Gobierno británico endureció sus políticas frente a la migración mientras el tema ocupa un lugar central en el debate político interno.
Reino Unido se comprometió a destinar casi 900 millones de dólares hasta 2029 para financiar las patrullas francesas en las playas. También redujo la proporción de solicitudes de asilo aprobadas: pasó de un máximo del 76% en 2022 al 42% el año pasado.
Entre quienes recibieron una respuesta negativa estuvo Muhannad Ali, un ciudadano libio de 42 años que contó que abandonó su país en 2023. Su recorrido incluyó Túnez y Países Bajos antes de llegar a Francia y posteriormente trasladarse al Reino Unido.
Ali aseguró que quedó decepcionado por las pocas oportunidades económicas que encontró allí y decidió abandonar voluntariamente el país.
De todos modos, podría haber quedado incluido en un mecanismo de deportación hacia Francia establecido mediante el acuerdo conocido como “uno entra, uno sale” entre Londres y París.
El convenio permite al Reino Unido devolver a Francia a un migrante que haya cruzado clandestinamente el canal, a cambio de recibir desde Francia a otra persona que haya solicitado ingresar legalmente al territorio británico.
El objetivo del Gobierno británico es que este mecanismo funcione como un elemento disuasorio y reduzca los incentivos para realizar el cruce clandestino.
“Si una parte significativa de esas personas fuera devuelta a Francia rápidamente, en teoría, la gente no se subiría a un bote”, explicó Mihnea Cuibus, especialista en migración de la Universidad de Oxford. Sin embargo, advirtió que llevarlo a la práctica resulta más complejo.
Un mecanismo con alcance limitado
Las condiciones para solicitar ingresar al Reino Unido desde territorio francés son particularmente restrictivas. Los interesados deben contar con documentos de identificación, algo que muchos migrantes perdieron durante sus recorridos por Europa.
También tienen que disponer de un teléfono celular y estar disponibles para responder llamadas de funcionarios en cualquier momento durante un período de tres meses.
Hasta septiembre, más de 1.400 personas habían sido trasladadas nuevamente a Francia bajo esta política. La cifra representa una pequeña proporción de las más de 41.000 personas que llegaron al Reino Unido después de atravesar el canal durante el año pasado.
A estas cifras se suman las deportaciones de decenas de miles de migrantes hacia otros países cada año.
La situación también tiene impacto en la política europea. Los datos sobre los cruces son utilizados por dirigentes británicos y franceses de extrema derecha para cuestionar las políticas migratorias de sus gobiernos.
Jordan Bardella, presidente de la Agrupación Nacional de Francia, fue una de las principales figuras invitadas a una reciente conferencia de Reform UK. Durante su intervención, afirmó que, si su partido llegara al Gobierno, buscaría que Francia dejara de ser una vía de ingreso para la migración ilegal con destino al Reino Unido.
Los traficantes amplían las rutas y el tamaño de las embarcaciones
Mientras las autoridades incrementan los controles, las organizaciones que organizan los cruces continúan modificando sus métodos.
Además de los llamados “taxis acuáticos”, comenzaron a utilizar embarcaciones con una capacidad muy superior a la de los botes empleados anteriormente.
Según las autoridades marítimas francesas, el promedio de pasajeros por embarcación llegó a 65 personas, frente a las 26 registradas en 2021.
Régis Holy, director de la filial de Calais de Sauveteurs en Mer, un servicio privado de rescate marítimo, contó que su equipo tiene capacidad para asistir hasta 80 personas. Sin embargo, recientemente debieron monitorear una embarcación que trasladaba a 230 migrantes, la mayor cantidad de personas que habían encontrado en un solo bote.
También cambiaron los lugares de salida. Mientras anteriormente la mayoría de los intentos se concentraban en las playas de Calais, actualmente las partidas se producen a lo largo de toda la costa noroccidental francesa y cada vez con mayor frecuencia desde Bélgica.
Nicolas Laroye, representante sindical de la Policía que pasó más de una década patrullando la frontera, planteó la dimensión del operativo necesario para impedir completamente los cruces.
“Si realmente quisiéramos evitar que los migrantes cruzaran, tendríamos que emplazar policías cada 100 metros a lo largo de la costa”, afirmó.
Según Laroye, eso implicaría disponer de 15.000 agentes, aproximadamente el 10% de la Policía Nacional francesa, una cantidad que consideró imposible de sostener.
Pero incluso un despliegue de esa magnitud no resolvería el problema de fondo. Francia puede intentar impedir que los migrantes abandonen sus costas, pero al mismo tiempo tampoco busca que permanezcan en su territorio.

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