La crisis de representación y el avance de figuras ajenas a la gestión tradicional plantean un escenario donde las decisiones parecen tomarse cada vez más lejos de la participación vecinal.
En las mesas de los cafés de nuestros barrios, la charla sobre quién nos va a representar en las próximas elecciones de 2027 ya empezó a rodar. No es para menos: lo que estamos viendo es un cambio profundo en las reglas del juego. Aquella vieja costumbre de elegir entre dirigentes con carrera en los partidos está mutando hacia un «casting» de figuras que vienen de afuera, desde empresarios hasta comunicadores, mientras el Círculo Rojo busca desesperadamente un plan B que equilibre el modelo actual.
Esta tendencia hacia los «outsiders» no es nueva, pero hoy se potencia con herramientas que parecen sacadas de una película de ciencia ficción. Mientras nosotros caminamos por las veredas de la Comuna esperando soluciones para el bache o la iluminación, en las oficinas del poder se habla de algoritmos, inteligencia artificial y grandes bases de datos para mapear qué pensamos y qué queremos escuchar. La reciente llegada de especialistas en tecnología y control social al entorno oficial marca un punto de inflexión en cómo se construye un candidato.
El impacto en nuestra vida cotidiana es directo. Si la democracia se convierte en un sistema tutelado donde las opciones se cocinan en reuniones cerradas entre empresarios y reclutadores políticos, el vecino de a pie pasa de ser el protagonista a ser un simple espectador. Ya no se trata solo de elegir a alguien, sino de entender quién armó la lista que tenemos frente a nosotros y bajo qué intereses.
Lo que está en juego es la base misma de nuestra convivencia. La democracia representativa, con todas sus fallas, ha sido el piso mínimo para garantizar derechos y seguridad. Cuando ese vínculo se rompe y los candidatos son «genéticamente modificados» por el marketing y la tecnología de datos, la sensación de pertenencia se debilita. El desafío para todos los que vivimos y transitamos la Ciudad será defender nuestro poder de decisión frente a un sistema que busca segmentarnos a través de una pantalla.
La pregunta que queda flotando en el aire, mientras cruzamos la plaza o subimos al colectivo, es si todavía tenemos la potestad de decidir nuestro destino o si el 2027 ya se está decidiendo en un laboratorio informático.

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