Economistas analizan el impacto del parate en el comercio y la construcción, sectores clave para el empleo en nuestra Ciudad. La esperanza social se enfrenta a datos de consumo que no repuntan.
Caminar por los centros comerciales de nuestros barrios, como la avenida Santa Fe, Rivadavia o Cabildo, nos muestra una realidad que los vecinos palpamos a diario: el consumo está frenado. Según informes recientes, el salario real de los trabajadores registrados volvió a caer, acumulando una pérdida que ya se siente en el changuito del súper y en las expensas. La pregunta que circula en las charlas de café es cuánto más puede estirarse el «aguante» antes de que el malestar pase factura.
El análisis de especialistas como Ricardo Arriazu pone el foco en algo que vemos acá nomás, cruzando la General Paz, pero que nos afecta a todos: si el comercio y la construcción no arrancan, no hay nada que compense la pérdida de laburo. Para el vecino de la Ciudad, que vive mucho del sector servicios y los locales de cercanía, ver persianas bajas o menos movimiento en las obras en construcción es una señal de alerta que la narrativa oficial no logra tapar.
Lo que se comenta en las esquinas porteñas es que la tolerancia tiene un límite, y ese límite lo marca el bolsillo. Históricamente, en CABA somos muy sensibles a las caídas del poder adquisitivo. Hoy, el salario real privado registra una baja similar a la que vivimos en el peor momento de la pandemia o durante la crisis de 2018, lo que obliga a muchas familias a recortar gastos que antes eran moneda corriente.
Además, aparece un factor que el vecino no perdona: los rumores de irregularidades. No es lo mismo ajustarse el cinturón cuando sentís que todos tiran para el mismo lado, que hacerlo bajo sospechas de corrupción. En los barrios de la Capital, la exigencia ética suele ir de la mano con la económica, y esa combinación puede ser explosiva para cualquier gestión política.
Habrá que ver si en los próximos meses el Gobierno logra que el crédito fluya y los sueldos le ganen por fin a la inflación. Por ahora, entre las facturas de servicios que llegan con aumento y los precios que no bajan, la sensación en la calle es de una tensa espera.

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