A pesar del abaratamiento del crédito bancario dispuesto por el Banco Central, la pérdida del poder adquisitivo y el aumento de la mora familiar dificultan la reactivación económica en la Ciudad.
Caminar hoy por los centros comerciales de Palermo, Almagro o Villa del Parque permite notar un fenómeno que las estadísticas oficiales ya empiezan a reflejar: los locales están más vacíos y las persianas bajan con más frecuencia. Aunque el Banco Central flexibilizó las condiciones para que los bancos presten dinero más barato, bajando las tasas del 30% al 25%, la realidad en las cajas de los negocios es otra. La falta de dinero en la calle se siente y el consumo interno, motor de nuestros barrios, no logra arrancar.
El problema principal que afecta a los vecinos de la Ciudad es que los sueldos privados volvieron a perder contra los precios, arrastrando una caída del 3,6% desde agosto pasado. Esta situación genera que, aunque el crédito sea más accesible en los papeles, las familias porteñas tengan dificultades para tomar nuevos préstamos. Muchos ya vienen usando la tarjeta para completar el mes, lo que elevó la morosidad a niveles preocupantes, superando el 10% en enero.
Para el dueño de una pyme en Saavedra o Colegiales, este escenario es un desafío doble. Por un lado, la actividad industrial y la construcción muestran retrocesos que impactan en el empleo local. Por otro, los bancos se vuelven más exigentes para otorgar financiamiento debido justamente a ese aumento de los vecinos que no pueden pagar sus deudas. Es un círculo que frena las reformas en las casas y las compras en los comercios de cercanía.
En lo que va del año, los préstamos a las familias y empresas cayeron cerca de un 6%, lo que demuestra que la baja de tasas por sí sola no alcanza si el bolsillo no acompaña. Mientras la inflación de marzo golpeó más fuerte de lo esperado, la esperanza de una recuperación rápida se diluye frente a la necesidad de estabilizar primero los ingresos reales para que el vecino pueda volver a consumir con seguridad.
La situación actual plantea un escenario de estancamiento que obliga a los comerciantes a agudizar el ingenio para sostener las ventas mientras esperan que el crédito finalmente llegue a la gente.

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